El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas Me quedé perplejo. Un segundo artillero conductor no está acostumbrado a que se le reciten sus propios versos. Lo miré sin reconocerlo. Era alto, y, su cara, parecía la de un Víctor Hugo sin barba y aún más la de un Balzac. «Soy Léo Larguier, me dijo entonces. Hola, Guillaume Apollinaire». Y ya no nos separamos hasta la noche a la hora de regresar al cuartel. Ese día y los siguientes no hablamos de la guerra, pues los soldados no hablan nunca de ella, sino de la flora nimeña de la que, a pesar de Moréas, el jazmín no forma parte. Algunas veces, el amable señor Bertin, secretario general de la prefectura, nos daba el gusto de su conversación viva y de una erudición espiritual. La voz terrible de Léo Larguier dominaba el coloquio y aún oigo las carcajadas cuando nos dijo el nombre de un hombre de su compañía: «Ferragute Cypriaque».
Un domingo, Larguier nos llevó, al señor Bertin y a mí, a casa de uno de sus amigos, el pintor Sainturier, cuyos dibujos tienen la pureza de los de Despiau. Sainturier vive como ermitaño, es desconocido y se complace en su oscuridad soleada del Midi. Muy joven de aspecto, aunque habiendo sobrepasado la edad de servicio, es robusto y trabaja mucho y, a parte de sus producciones, que son personales, se pueden ver en su casa tesoros artísticos cuya existencia yo ni sospechaba.