El paseante de las dos orillas

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Los villancicos de la calle de Buci

Antes de la guerra, era en la noche del 24 al 25 de diciembre cuando había que ir a ver la calle de Buci, tan querida para los poetas de mi generación. Una vez, en un cabaré cercano, cenamos en nochebuena André Salmon, Maurice Cremnitz, René Dalize y yo. Oímos cantar villancicos. Yo estenografié sus letras. Los había de diferentes regiones de Francia.

¿Acaso no se cuentan los villancicos entre los más curiosos monumentos de nuestra poesía religiosa y popular? Son, en todo caso, las obras que quizá reflejen mejor el alma y las costumbres de la provincia de la que vienen. El primero que anoté en ese cabaré de la calle de Buci lo cantaba un aprendiz de barbero, nacido en Bourg-en-Bresse.

Los villancicos bresanos no son ciertamente villancicos para los tiempos de guerra.

Las enumeraciones rabelasianas de las vituallas contrastan con las restricciones de la época austera en que vivimos.

En cuanto la villa de Bourg / Supo la buena nueva / Mandó tocar el tambor / Poner todo en escudillas. / Becadas, lebroncillos / Codornices, capones gordos / De la casa Curnillon / Celebrando una francachela / De la casa Curnillon / Celebrando la nochebuena.


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