El paseante de las dos orillas

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También se veía a La Jeunesse en el Cardinal, donde tenía un depósito de antigüedades, en la oficina.

El aperitivo de la noche en el Napolitain se había vuelto un clásico. Se le podía encontrar allí cada tarde; tres días antes de su muerte aún estaba.

Iba además al Vetzel, al Tourtel, al Grand Café, pero de forma menos regular.

Soiriste[22] en el Journal, donde también se encargaba de las necrológicas literarias y de la Academia. Había sido el sucesor en la crítica teatral después de la muerte de Catulle Mendès.

Tras Las noches y los problemas, aún tuvo cierto éxito con La imitación de nuestro señor Napoleón, con un tono que convenía a esa época en que el esnobismo estendhaliano era de rigor en las gentes de letras y en esa forma enigmática y anarco-elegante que el señor Maurice Barrés había puesto entonces de moda, sutilidades y gongorismo que no son lo que la obra de este notable escritor contiene de menos seductor.

Se habló también de Cinco años con los salvajes, donde está el relato desgarrador del entierro de Oscar Wilde. Pero sus últimos libros, El Holocausto, El bulevar, El presidiario honorario, no conocieron más que un succès d’estime.


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