El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas »En Nueva York, pasé largos ratos en la biblioteca Carnegie, inmenso edificio de mármol blanco que, a decir de ciertos asiduos, debÃan limpiar todos los dÃas con jabón negro. Llevan los libros por ascensor. Cada lector tiene un número y cuando su libro llega, una lámpara eléctrica se enciende, iluminando un número correspondiente al que tiene el lector. Ruido de estación continuo. El libro tarda alrededor de tres minutos en llegar y cualquier retraso se indica con un timbre. La sala de trabajo es inmensa, y, en el techo, tres casetones destinados a recibir frescos, contienen, mientras tanto, nubes en grisalla. Todo el mundo es admitido en la biblioteca. Antes de la guerra se compraban todos los libros alemanes. En cambio, la compra de libros franceses era limitada. No se compraban más que los autores franceses célebres. Cuando el señor Henri de Régnier fue elegido para la Academia Francesa, se hicieron llegar todas sus obras, pues la biblioteca no poseÃa ni una. Se puede encontrar también un libro de Rachilde: El guÃa de las lobas en la traducción rusa, y, en el catálogo, se encuentra el nombre del autor en ruso, con la traducción en caracteres latinos seguidos de tres puntos de interrogación. No obstante, la biblioteca está abonada al Mercure desde hace una década. Como no hay ningún control, se roban 444 volúmenes al mes, de media. Los libros que más se roban son las novelas populares, por lo que se prestan copiadas a máquina. En las bibliotecas anexas de los barrios pobres no hay más que policopias. Sin embargo, la de la decimocuarta avenida (barrio judÃo) contiene una rica colección de obras en yiddish. Además de la gran sala de trabajo de la que he hablado, hay una sala especial para la música, una sala para las literaturas semÃticas, una para la tecnologÃa, una para las patentes de los Estados Unidos, una para los ciegos, donde vi a una chica leer con los dedos Marie-Claire, de Marguerite Audoux; una sala para los periódicos, una para las máquinas de escribir a disposición del público. En la planta superior hay finalmente una colección de cuadros.