El paseante de las dos orillas

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El convento de la calle Douai

Cada vez que paso por la esquina de la calle Douai con la plaza Clichy, en el lugar donde ahora se encuentra una escuela y donde antes había un convento donde se imprimió mi primer libro: El encantador en putrefacción, pienso en el señor Paul Birault.

Su historia es conocida. El señor Paul Birault llegó a formar un comité compuesto de diputados y antes que nada senadores para levantar una estatua al imaginario demagogo Hégésippe Simon. El autor de esta mistificación reveló los sabrosos detalles en L’Éclair, y el mistificador se hizo más famoso que los inventores de una mofa que Voltaire juzgó mal hecha, y que engañaron con tanta malicia a ese pánfilo de Poinsinet que se echaría al Guadalquivir. Al contrario de la broma llamada de Boronali, que no mistificó a nadie, la de Paul Birault «tomó el pelo» a todos los parlamentarios que habían sido elegidos como víctimas, ninguno de los cuales soltó una carcajada leyendo el epígrafe sacado de las supuestas obras de Hégésippe Simon «precursor de la democracia», que adornaba la circular destinada a acelerar el levantamiento de un monumento en la ciudad natal de ese gran hombre, nacido en más ciudades que Homero.


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