El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas Una noche la señora Berthe Reynold recitó uno de sus poemas, y lo hizo tan bien que el Príncipe de los poetas no se enfadó. Pero hete aquí que uno de los comensales, que no obstante pretendía conocer al dedillo tanto París como la poesía de su tiempo, pregunta en voz alta: «¿Es de Lamartine o de Víctor Hugo?» Fue preciso que el señor Vollard contara veinte historias a propósito de los naturales de Zanzíbar para que el señor Dierx se decidiera a sonreír.
Léon Dierx contaba con gusto historias de los tiempos en que estaba en el ministerio. Realizaba su labor soñando con la poesía. Una vez, debía escribir a un archivista de la subprefectura y en lugar de «señor Archivista», escribió «señor Anarquista», lo que causó gran escándalo en la subprefectura.
Los pintores favoritos de Léon Dierx eran Corot, Monticelli y Forain.
Una noche que salíamos del sótano del señor Vollard, el Príncipe de los poetas me invitó a ir a buscarlo a su casa de Batignolles. Me recibió con amabilidad.
En las paredes, Decamerones pintados por Monticelli estaban junto a bocetos de Forain, y los personajes antiguos y diapreados de uno parecían mezclarse con las siluetas modernas y espirituales del otro, para formar una corte extraña y lírica para ese príncipe casi ciego de la aristocrática República de las letras.