El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas »En ese mismo momento, un poeta de primer orden, un poeta loco vaga por el mundo… Germain Nouveau dejó un día el liceo donde enseñaba dibujo y se hizo mendigo, para seguir el ejemplo de San Benoît Labre. Después se fue a Italia, donde pintaba y vivía vendiendo sus cuadros. Ahora sigue las peregrinaciones y he sabido que ha ido a Bruselas, a Lourdes, a África. Loco, es mucho decir, Germain Nouveau tiene conciencia de su estado. Este místico no quiere que se le llame Loco y Poverello lírico, quiere que respecto a él sólo se emplee la palabra Demente.
»Unos amigos han publicado algunos de sus poemas, y como ha renunciado a su nombre, no se ha puesto en el libro más que esta indicación mística como un nombre religioso: P. N. Humilis. Pero su humildad se molestaría con esta publicación, si se enterara».
Léon Dierx volvió a encender su pipa de espuma de mar. Sacudió su hermosa cabeza de largo pelo cano.
«Germain Nouveau todavía puede pintar —dijo—, yo ya no puedo hacerlo. Mi vista ha disminuido hasta tal punto que estoy casi ciego. Ya no puedo leer los libros que me envían. En tiempos, me recreaba pintando. Y no conozco nada más feliz que la vida de un paisajista…»
Este Príncipe que venía de las islas ha dado paso a otro Príncipe de los poetas, Paul Fort, apenas mayor que un servidor.