La mujer sentada
La mujer sentada Herido durante una patrulla y transportado en ambulancia al hospital auxiliar, Anatole de Saintariste llegó una mañana al Val-de-Grâce y, desde sus primeras salidas, constató que París ya no le asombraba como en su primer permiso; volvió a encontrarse con Corail, a quien había visto una vez antes de la guerra, pues desde el mes de diciembre de 1913, era novia de uno de sus amigos, Hyacinthe Brionne, a quien acababan de matar en la guerra. Intimaron, y ella no se apartó de él mientras que, convaleciente, retomaba por así decirlo su vida de antes de la guerra, frecuentando un ambiente de jóvenes escritores y pintores de vanguardia.
Todos los sentimientos religiosos de Anatole de Saintariste se habían trasladado al campo del honor social. Amaba a su país por encima de todo, o más bien la colectividad que éste constituía, y deseaba que Francia fuera a un tiempo celosa de sus tradiciones y extremadamente atrevida en cuanto al progreso.
—Es por ello —decía un día— que incluso las ruinas me conmueven como puede conmover la visión de una mujer embarazada. Percibo ya lo que saldrá de ellas. Y las muertes, por conmovedoras que sean, evocan en mí la próxima repoblación de Francia. Es preciso que en cincuenta años se haya convertido en una nación de cien millones de habitantes.