La mujer sentada

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IX

En tanto que Elvire practicaba un mormonismo a contracorriente, al tiempo que hacía todo lo posible por permanecer estéril en un momento en que la defensa del honor social hubiera exigido de las mujeres una especial fecundidad, Anatole de Saintariste ya no pensaba en otra cosa que en fundar una religión.

Decepcionado por Corail, la linda pelirroja que ahora adornaba el serrallo de Elvire, Anatole de Saintariste observaba su tiempo, si no con desprecio, cuando menos con un asombro mezclado con horror y severidad.

Sus reflexiones y su inclinación natural lo llevaron a imaginar una religión del honor de la que habló largamente al falso Ovidio un día, cuando, después de haber pasado a situación de reserva, Anatole de Saintariste ya no salía apenas de su casa, meditando sobre la manera en que organizaría su vida y pondría en ejecución sus proyectos.

Saintariste vivía en la calle Delambre, en la misma casa que Otto Mahner y Moïse Deléchelle, en un pequeño apartamento separado sólo por un tabique de la habitación en que vivía este último. Saintariste recibió a Ovidio del Ponto Euxino manifestándole su alegría por volverlo a ver e inmediatamente le dijo:

«No vea en mí sino una especie de monje, cuya vida, o más bien lo que me queda de ella, será consagrada al cumplimiento de la misión que me he impuesto.


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