La mujer sentada

La mujer sentada

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II

¡Dulce poesía!, ¡la más bella de las artes! Tú, que suscitas en nosotros el poder creador y nos acercas a la divinidad, ¡las decepciones no han derribado el amor que te profeso desde mi tierna infancia! La propia guerra ha aumentado el poder que la poesía ejerce en mí, y gracias a una y otra ahora el cielo se confunde con mi cabeza cubierta de estrellas. ¡Dulce poesía!, lamento que la incertidumbre de los tiempos no me permita librarme a tu inspiración respecto a la materia de este libro, mas la guerra continúa. Se trata, antes de regresar a ella, de concluir esta obra y la prosa es lo que más conviene a mi apremio.

Pero ¿por qué, por el hecho de que estemos en guerra, representar siempre la guerra y las miserias del soldado o sus distracciones, o bien la milagrosa estampa de las razas movilizadas desde todos los rincones del universo hasta nuestro frente, o aún la triste marcha a través de las trincheras?






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