La mujer sentada
La mujer sentada —Es cierto —replicó el viejo Otto tras mirarla atentamente—, pero tenÃa un aire enfurruñado e insolente a un tiempo, mientras que usted tiene sobre todo un aire cerrado.
—¡Cuánto la quiero —exclamó Elvire—, y cuán feliz debÃa de ser por vivir en una época tan llena de imprevistos!
—No se queje. En cuanto a imprevistos, me parece usted bien servida, ¡Rusia, los grandes duques, la pintura, la guerra! ¿Qué más necesita?
—No es lo mismo —observó Elvire—. Por sorprendente que parezca, mi vida no deja de ser de lo más prosaica.
—¡Es usted muy difÃcil! —concluyó el Ponto Euxino—, no sabe saborear la existencia.
Y se volvió hacia el anciano para invitarlo a comenzar su relato.