La mujer sentada

La mujer sentada

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Tras una travesía de cinco meses sin ver más tierra que el sombrío peñasco del cabo de Hornos, el grupo de emigrantes había desembarcado en California para unirse a los sectarios polígamos de América. Había sido preciso realizar un penoso viaje a través del gran desierto de sal y todos, hombres y mujeres, tras bajar de los caballos o salir de los furgones, contemplaban, sentados en el suelo, la ciudad construida en anfiteatro ante los montes Wasatch, cuyas nieves eternas se teñían delicadamente de rosa claro y verde pálido. Esos viajeros polvorientos y esas muchachas inquietas y enflaquecidas aguardaban el regreso del apóstol, Lorenzo Snow, que había ido a casa del Profeta, y la fatiga les imponía el silencio.

De la plaza salían amplias calles y las casas de madera, espaciadas regularmente, se alzaban en medio de vergeles llenos de albaricoques y melocotoneros henchidos de frutas.

Alrededor de la plaza, elegantes tiendas de modistas, de luthiers y de vendedores de grano, tabaco, licores, comestibles y herramientas de arar anunciaban sus mercancías en letreros multicolores y la mayoría de ellos tenía, para mostrar que el comerciante era mormón, la figura de un ojo pintado en azul.

Había también mostradores de cambistas, y ante un hotel, en macetas violetas, unos pequeños naranjos redondeaban su mapamundi de hojas.


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