La mujer sentada

La mujer sentada

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V

—Es horrible —dijo Elvire, tras un instante de silencio y mientras el viejo Mahner tomaba aliento—. Es horrible. Y yo que pensaba que era tan divertido ser mormona.

—La poligamia no es moco de pavo, por lo que oigo —observó el Ovidio postizo, de cuyo valor daban testimonio una condecoración, dos estrellas de plata y una de oro—. Siempre lo había sospechado. Y el peligro de ser un fanático es tan grande como el que hay que afrontar al ir al asalto de una trinchera dotada de metralletas.

—Esas escenas de fanatismo, extremadamente frecuentes en América treinta años antes —dijo el viejo Mahner— eran ya raras en la época de la que les hablo. ¡Retomaré mi relato!

Una noche, a la hora de cenar, el rico elder Lubel Perciman regresó a casa con una esposa nueva, con la que el Profeta acababa de unirlo, era esa francesa llamada Pamela Monsenergues, que desde entonces llevaría el nombre de Pamela Perciman.

Se había resistido durante mucho tiempo a las proposiciones que le habían hecho jóvenes mormones, casados o aún solteros, y si se había decidido por Lubel Perciman era porque sus esposas eran jóvenes, agradables a la vista, y habían venido a visitarla a casa de Brigham Young, donde la francesa había recibido hospitalidad.


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