Las Once mil vergas

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Capítulo VII

Después de la ejecución sumaria del espía Egon Muller y de la prostituta japonesa Kilyemu, el príncipe Vibescu se había convertido en un personaje muy popular en Port-Arthur.

Un día, el general Stoessel le hizo llamar y le entregó un pliego diciendo:

—Príncipe Vibescu, aunque no seáis ruso, no por eso dejáis de ser uno de los mejores oficiales de la plaza… Esperamos la llegada de socorros, pero es preciso que el general Kuropatkin se dé prisa… Si tarda mucho, tendremos que capitular… Esos perros japoneses acechan y un día su fanatismo acabará con nuestra resistencia. Debéis atravesar las líneas japonesas y entregar este despacho al generalísimo.

Prepararon un globo. Durante ocho días, Mony y Cornaboeux se entrenaron en el manejo del aeróstato que fue hinchado una bella mañana.

Los dos pasajeros subieron a la barquilla, pronunciaron el tradicional: «¡Soltadlo!» y pronto, habiendo alcanzado la región de las nubes, ya no divisaron la tierra más que como algo muy pequeño, y el campo de batalla se divisaba netamente con los ejércitos, las escuadras en el mar, y una cerilla que rascaban para encender su cigarrillo dejaba un reguero más luminoso que los obuses de los cañones gigantes de los que se servían los beligerantes.


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