Las Once mil vergas
Las Once mil vergas Llegó el día de la ejecución, el príncipe Vibescu se confesó, comulgó, hizo su testamento y escribió a sus padres. Poco después introdujeron a una niñita de doce años en su celda. Se sorprendió, pero viendo que les dejaban solos, empezó a sobarla.
Era encantadora y le contó en rumano que era de Bucarest y había sido capturada por los japoneses en la retaguardia del ejército ruso donde sus padres se dedicaban al comercio.
Le habían preguntado si quería ser desvirgada por un condenado a muerte rumano y ella había aceptado.
Mony le levantó las faldas y le chupó su coño regordete donde aún no había pelo, luego le dio una suave azotaina mientras ella le masturbaba. Luego puso la cabeza de su miembro entre las piernas infantiles de la pequeña rumana, pero no podía entrar. Ella le secundaba con todas sus fuerzas, pegando culadas y ofreciendo al príncipe para que los besara sus pechitos redondos como mandarinas. En un ataque de furor erótico él consiguió que su miembro penetrara por fin en la niñita, destrozando por fin esta virginidad, derramando sangre inocente.
Entonces Mony se levantó y, como no tenía nada que esperar de la justicia humana, estranguló a la niña tras hundirle los ojos, mientras ella lanzaba gritos espantosos.
