Las Once mil vergas
Las Once mil vergas —Señorita, no he hecho más que veros por primera vez y, loco de amor, he sentido mis órganos genitales dirigirse hacia vuestra belleza soberana y me he enardecido como si hubiera bebido un vaso de raki.
—¿Dónde? ¿Dónde?
—Pongo mi fortuna y mi amor a vuestros pies. Si os tuviera en una cama, os probarÃa mi pasión veinte veces seguidas. ¡Que las once mil vÃrgenes o incluso que once mil vergas me castiguen si miento!
—¡Y cómo!
—Mis sentimientos no son falaces. No hablo asà a todas las mujeres. No soy un calavera.
—¡Tu hermana!
Esta conversación se producÃa en el boulevard Malesherbes, una mañana soleada. El mes de mayo hacÃa renacer la naturaleza y los gorriones parisinos piaban al amor en los árboles reverdecidos. Galantemente, el prÃncipe Mony sostenÃa esta conversación con una bonita y esbelta muchacha que, vestida con elegancia, bajaba hacia la Madeleine. Andaba tan deprisa que tenÃa dificultades para seguirla. De golpe ella se giró bruscamente y se desternilló de risa:
