Las Once mil vergas
Las Once mil vergas —Su Excelencia el general Kokodryoff no puede recibir a nadie en este momento. Está mojando bastoncitos en su huevo pasado por agua.
—Pero —contestó Mony al portero—, soy su ayudante de campo. Vosotros, petropolitanos, sois ridÃculos con vuestras continuas sospechas… ¡Mira mi uniforme! Si me han llamado a San Petersburgo, supongo que no será para hacerme sufrir los exabruptos de los porteros.
—¡Muéstreme sus papeles! —dijo el cerbero, un tártaro colosal.
—¡Helos aquÃ! —espetó secamente el prÃncipe, poniendo su revólver bajo la nariz del aterrorizado portero, que se inclinó para dejar pasar al oficial.
Mony subió rápidamente (haciendo sonar sus espuelas) al primer piso del palacio del general prÃncipe Kokodryoff con el que debÃa partir hacia Extremo Oriente. Todo estaba desierto y Mony, que no habÃa visto a su general más que la vÃspera en el palacio del Zar, estaba asombrado ante este recibimiento. Sin embargo el general le habÃa citado y era la hora exacta que él mismo habÃa fijado.
Mony abrió una puerta y penetró en un gran salón desierto y obscuro que atravesó murmurando:
—A fe mÃa, tanto peor, el vino está servido, hay que beberlo. Continuemos nuestras investigaciones.
