Las Ranas
Las Ranas Reanima la luz de las flameantes antorchas, blandiéndolas en tus manos. ¡Iaco, oh Iaco, fúlgida estrella de la iniciación nocturna! El prado deslumbra lleno de luces: vigorízanse las rodillas del anciano, disípanse sus penas, y aligérasele la carga de los años para poder formar parte de los sagrados coros. Guía tú, deidad resplandeciente, sobre esta fresca y florida alfombra las danzas de la garrida juventud. ¡Silencio! lejos de aquí, profanos, almas impuras, nunca admitidos a las fiestas y danzas de las nobles Piérides, ni iniciados en el misterioso lenguaje ditirámbico del taurófago Cratino (68), apasionados de los versos chocarreros e inoportunos chistes. Lejos de aquí todo el que, en vez de reprimir una sedición funesta y mirar por el bien de sus conciudadanos, atiza y exacerba las discordias, atento sólo a saciar la propia avaricia. Lejos de aquí el que, estando al frente de una ciudad agobiada por la desgracia, se deja sobornar y entrega una fortaleza o las naves; o el que, como ese infame Torición (69), cobrador de vigésimas, exporta de Egina (70) a Epidauro (71) cueros, lino, pez y demás mercancías prohibidas.