Física

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3. Las formas de argumentación de la física. Epistéme, dialéctica y retórica

Hemos hablado de la epistéme de Aristóteles como una de sus grandes innovaciones en el tratamiento de la phýsis. La reflexión sobre la phýsis es común a todo el pensamiento antiguo, pero sólo Aristóteles, se dice, hizo de ella una episteme. Ahora bien, ¿qué fue realmente esa episteme? Hay dos maneras de responder a esta pregunta: o bien partir de la idea que el propio Aristóteles se hizo de la filosofía como ciencia según los Analíticos e interpretar desde allí las doctrinas de sus grandes obras, o bien acudir a los textos mismos y analizar su manera concreta de proceder y argumentar. El aristotelismo tradicional escogió la primera vía, e interpretó su filosofía como un imponente sistema apodíctico que operaba mediante deducciones silogísticas a partir de unos pocos principios intuitivamente evidentes. Porque, se pensó, como Aristóteles habla constantemente de epistéme en la Física y la Metafísica —la del ente en cuanto ente, la del theós, la de la phýsis, etc.—, y no habla por hablar, sino que es un filósofo coherente y sistemático, tenemos que dar por supuesto que él hace uso de su propia conceptuación del saber dada en los escritos metodológicos. Y, según tales escritos, «episteme» significa siempre y sólo saber apodíctico, demostrativo. Reconstruir el pensamiento de Aristóteles según su idea del saber fue el gran empeño de los exégetas, primero de los alejandrinos, luego de los escolásticos medievales, una tarea de siglos para hacer de su filosofía un sistema acabado y perfecto. Esta idea de la filosofía de Aristóteles se mantuvo en Europa hasta finales del siglo pasado, e incluso perduró en las primeras décadas de nuestro siglo en la Universidad de Lovaina. Y a pesar de la crítica histórica desde Jaeger en adelante, que condujo a una reinterpretación de esta filosofía mediante rigurosos análisis de sus textos, la antigua aureola del Aristóteles apodíctico se mantuvo en determinados espíritus, hasta el punto de que todavía por los años sesenta se pudo decir en Madrid: «Es magnífico discurrir a lo largo de los diálogos de Platón; pero junto a ellos, una de esas páginas de Aristóteles apretadas de episteme es menos brillante, y a veces, tal vez, menos rica en pensamiento, pero infinitamente superior en rigor de conocimiento»[24].


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