PolÃtica
PolÃtica En general, conforme a nuestras teorÃas, todo lo que contribuye mediante la ley al sostenimiento del principio mismo de la constitución es esencial a la conservación del Estado. Pero lo que más importa, como repetidas veces hemos dicho, es hacer que sea más fuerte la parte de los ciudadanos que apoya al gobierno que el partido de los que quieren su caÃda. Es preciso, sobre todo, guardarse mucho de despreciar lo que en la actualidad todos los gobiernos corruptos desprecian, que es la moderación y la mesura en todas las cosas. Muchas instituciones que en apariencia son democráticas son precisamente las que arruinan la democracia; y muchas instituciones que parecen oligárquicas destruyen la oligarquÃa. Cuando se cree haber encontrado el principio único verdadero en polÃtica, se le lleva ciegamente hasta el exceso, en lo cual se comete un grosero error. En el rostro humano, la nariz, aunque se separe de la lÃnea recta, que es la forma más bella, y se aproxime un tanto a la aguileña o a la roma, puede, sin embargo, tener un aspecto bastante bello y agradable; pero si se lleva al exceso esta desviación, por lo pronto se quitarÃa a esta facción las proporciones que debe tener y perderÃa, al cabo, toda apariencia de nariz, a causa de sus propias dimensiones, que serÃan monstruosas, y de las dimensiones excesivamente pequeñas de las facciones que la rodean; observación que lo mismo podrÃa aplicarse a cualquier otra parte de la cara. Lo mismo sucede absolutamente con toda clase de gobiernos. La democracia y la oligarquÃa, al alejarse de la constitución perfecta, pueden constituirse de manera que puedan sostenerse; pero si se exagera el principio de la una o de la otra, al pronto se convertirán en malos gobiernos y concluirán por no ser siquiera gobiernos. Es preciso que el legislador y el hombre de Estado sepan distinguir, entre las medidas democráticas u oligárquicas, las que conservan y las que destruyen la democracia o la oligarquÃa. Ninguno de estos dos gobiernos puede existir ni subsistir sin encerrar en su seno ricos y pobres. Pero cuando llega a establecerse la igualdad en las fortunas, la constitución tiene que cambiar; y al querer destruir las leyes hechas teniendo en cuenta ciertas superioridades polÃticas, se destruye con ellas la constitución misma. Las democracias y las oligarquÃas cometen en esto una falta igualmente grave. En las democracias, en que la multitud puede hacer soberanamente las leyes, los demagogos, con sus continuos ataques contra los ricos, dividen siempre la ciudad en dos campos, mientras que deberÃan en sus arengas sólo ocuparse del interés de los ricos; lo mismo que en las oligarquÃas el gobierno sólo debÃa tener en cuenta el interés del pueblo. Los oligarcas deberÃan, sobre todo, renunciar a prestar juramento del género de los que prestan actualmente; porque he aquà los que en nuestros dÃas hacen en algunos Estados: Yo seré enemigo constante del pueblo, le haré todo el mal que pueda.