La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel IRVING. —Ahora que, como dice Lloyd George, hemos colgado muy alto de una cuerda muy corta a los pacifistas, no tenemos inconveniente en abrir ciertas cuentitas. ¡El trabajo que nos ha dado esa canalla!
SAVERIO. —¿Y a qué debo el honor de su visita?
IRVING. —Por principio, Excelencia, visitamos a los jefes de Estado que se inician en su carrera. Huelga decir que nuestras relaciones con generales y almirantes son óptimas. Podemos darle referencias…
SAVERIO. —Entre caballeros huelgan…
IRVING (restregándose las manos). —Realmente, entre caballeros sobran estas bagatelas… (carraspea), pero como los caballeros no viven del aire, querÃa informarle que si su paÃs tuviera la desgracia o suerte de tener un conflicto con su estado vecino, gustosamente nuestra fábrica le concederÃa a usted el diez por ciento de prima sobre los armamentos adquiridos, el cinco por ciento a los ministros y generales y el uno por ciento a los periódicos serios…
SAVERIO. —Bagatelas…
IRVING. —Exactamente, Excelencia. Minucias. La naturaleza humana es tan frágil, como dice mi excelente amigo el reverendo Johnson, que únicamente con dádivas se la puede atraer al sendero de la virtud y el deber…
SAVERIO. —Je, je… Muy bien, mÃster Irving. Veo que usted es filósofo.