La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque.
Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando la ventana.
EL JEFE (irritado). —¡A ver si siguen equivocándose! (Pausa).
EMPLEADO 1.º (con un apagado grito de angustia). —¡Oh!, no; no es posible. (Todos se vuelven hacia él).
EL JEFE (con venenosa suavidad). —¿Qué no es posible, señor?
MANUEL. —No es posible trabajar aquÃ.
EL JEFE. —¿No es posible trabajar aqu� ¿Y por qué no es posible trabajar aqu� (Con lentitud). ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL (poniéndose de pie y gritando). —¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aqu� Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aqu�
EL JEFE. —No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL. —Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana). Los culpables de que nos equivoquemos son esos malditos buques.
EL JEFE (extrañado). —¿Los buques? (Pausa). ¿Qué tienen los buques?
