La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SAVERIO se sienta en el trono y comienza a sonar un vals. SAVERIO mira pensativo a las parejas, que al llegar bailando frente a él vuelven la cabeza para observarlo.
HERALDO (presentándose al final del salón. Con trompeta plateada y pantalones a la rodilla, lanza un toque de atención, y las parejas se abren en dos filas). —Majestad, la reina Bragatiana quiere verle.
SAVERIO (siempre sentado). —Que pase.
SUSANA (majestuosamente avanza entre las dos filas). —¿Los señores duques se divierten? (SAVERIO no abandona su actitud meditativa y frÃa). ¡Su reina fugitiva padeciendo en tierras de ignorada geografÃa! ¡Ellos bailando! Está bien. (Lentamente). ¿Qué veo? Aquà no hay fieras de piel manchada, pero sà elegantes corazones de acero. El Coronel permanece pensativo. (SAVERIO no vuelve la cabeza para mirarla). Obsérvenle ustedes. No me mira. No me escucha. (Bruscamente rabiosa). ¡Coronel bellaco, mÃrame a la cara!
SAVERIO (a la concurrencia). —Lástima que los señores duques no tuvieran una reina mejor educada.
SUSANA (irónica). —¡Miserable! ¿Pensabas tú en la buena crianza cuando me arrebataste el trono? (Patética). Destruiste el paraÃso de una virginal doncella. Donde ayer florecÃan rosas, hoy rechina hierro homicida.
SAVERIO. —¿Está haciendo literatura, Majestad?
