La isla desierta _ Saverio el cruel
La isla desierta _ Saverio el cruel SAVERIO y SUSANA
SUSANA. —Es terrible la jugada que me ha hecho, Saverio, pero está bien. (Se sienta al pie del trono, pensativamente). Luces, tapices. Y yo aquà sentada a tus pies como una pobre vagabunda. (Levantando la cara hacia SAVERIO). Se está bien en el trono, ¿eh, Coronel? Es agradable tener la tierra girando bajo los pies.
SAVERIO (poniéndose de pie). —Me marcho.
SUSANA (levantándose precipitadamente, le toma los brazos). —Oh, no, quédese usted, por favor. Venga… Miremos la luna. (Lo acompaña, tomándolo del brazo, hasta la ventana). ¿No le conmueve este espectáculo, Coronel?
SAVERIO (secamente). —¿Por qué se obstina en proseguir la farsa?
SUSANA (sincera). —Me agrada tenerlo aquà solo, conmigo. (Riéndose). ¿Asà que usted se hizo fabricar una guillotina? Eso sà que está bueno. Usted es tan loco como yo. (SAVERIO se deshace de su mano, se sienta pensativo en el trono. SUSANA se queda de pie).
SUSANA. —¿Por qué no me escucha? ¿Quiere que me arrodille ante usted? (Se arrodilla). La princesa loca se arrodilla ante el desdichado hombre pálido. (SAVERIO no la mira. Ella se para). ¿No me escucha, Coronel?
SAVERIO. —Me han curado de presunciones las palabras de su hermana Julia.
