Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Hipólita cerró los ojos pensando: “En verdad ¿qué puedo decirle a este hombre? Tiene razón, pero ¿acaso yo tengo la culpa?”. Además, sentía frío en los pies.
—¿Qué le pasa que se ha quedado tan callada? ¿Entiende lo que le digo?
—Sí, lo entiendo, y pienso que cada uno tiene que conocer en la vida muchas tristezas. Lo notable es que cada tristeza es distinta de la otra, porque cada una de ellas se refiere a una alegría que no podemos tener. Usted me habla de catástrofes presentes, y yo me acuerdo de sufrimientos pasados; tengo la sensación de que me arrancaron el alma con una tenaza, la pusieron sobre un yunque y descargaron tantos martillazos, hasta dejármela aplastada por completo.
El Astrólogo sonrió imperceptiblemente y repuso:
—Y el alma se queda a ras de tierra, como si tratara de escapar de un bombardeo invisible.