Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Como un cerdo que hociquea la empalizada de su pocilga para escapar del matadero, Erdosain golpea mentalmente cada leño de la empalizada espantosa del mundo, que aunque tiene leguas de circunferencia es más estrecha que el chiquero bestial. No puede escaparse. De un costado está la cárcel; del otro el manicomio.
Hay momentos que tiene ganas de emprenderla a martillazos con el muro de cemento de su habitación. A veces rechina los dientes; quisiera estar acurrucado junto al tope de una ametralladora. Barrería en abanico la ciudad. Caerían hombres, mujeres, niños. Él, en la culata de la ametralladora, sostendría suavemente la cinta de proyectiles.
Erdosain retrocede, como un hombre que agotó su fortuna en una ruleta que gira. Girará siempre… pero él no podrá poner allí, en el cuadro verde, un solo centavo. Todos podrían jugar a ganar o perder…; él no podrá jugar nunca más. Se agotó.
Por otros hombres, las mujeres se desvestirán despacio en sus cuartos, avanzando una sonrisa enrojecida; por otros hombres… Erdosain rechaza el pensamiento. Repentinamente ha envejecido; tiene mil años. Incluso las prostitutas más hediondas le guiñarán burlonamente un ojo, como diciéndole: “Se te puede enterrar, demonio”.
Erdosain salta de la cama, enciende la luz y se acerca a la mesa, diciendo en voz alta: