Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Erdosain siente que el corazón le crece, calentándole las costillas. Respira con dificultad. Quiere arrodillarse. Su terror es blando, como el concéntrico dolor que dilata los testículos cuando han sido golpeados. “Por favor”, gime. Un sudor frío le barniza la frente. “Me vuelvo loco; callate, por favor”.
—Donde vayas, donde estés, es inútil…
—Callate por favor… Sí…
La voz se calla. Erdosain ha palidecido como si lo hubieran sorprendido cometiendo un crimen. Su dolor estalla en un poliedro irregular, los vértices de sufrimiento tocan sus tuétanos, el costado de su nuca, una inserción de sus rodillas, un trozo de pleura. Aspira profundamente el aire con los dientes apretados. Su mirada está desvanecida. Cierra los ojos y se deja caer con precaución en la orilla de la cama. Se tapa la cabeza con la almohada. Le queman las pupilas como si se las hubieran raspado con nitrato de plata.
—Lejos, lejos —susurra la otra voz.
—¿Adónde?
—Busquemos a Dios.
Erdosain entreabre los ojos. Dios. El Infinito. Dios.