Un subterráneo llamado Moebius
Un subterráneo llamado Moebius Entre la multitud de desaparecidos, el conductor Gallagher permanecía como un enigma viviente. Su ausencia y posterior aparición en el tren desconcertaban a todos, especialmente cuando el tiempo parecía doblarse alrededor suyo. Pasajeros que sostenían periódicos fechados semanas atrás, conversaciones congeladas en momentos del pasado, un tiempo fracturado que se retorcía en un espacio que ya no era tal.
Los ecos en el vacío resonaban con preguntas que nadie podía responder: ¿Dónde estaba realmente el tren? ¿En qué tiempo? ¿Y qué había ocurrido con los que viajaban en él? La red misma parecía haber tejido una prisión sin paredes, atrapando un fragmento de la realidad en un silencio sideral que sólo unos pocos se atrevían a escuchar.
En la penumbra de la central de tráfico, Tupelo desplegaba ante Whyte y un puñado de funcionarios mapas que parecían pertenecer a otra realidad. La variante de Boylston, añadida recientemente al entramado ferroviario, había transformado el sistema en algo inimaginable: una red con singularidades, conexiones infinitas y propiedades que ni la mente más aguda podía comprender del todo. Tupelo explicó la cinta de Moebius y el frasco Klein, símbolos de superficies con propiedades contraintuitivas, para ilustrar cómo el sistema había alcanzado una topología que desafiaba la tridimensionalidad.
