La venganza de la Petra
La venganza de la Petra EUDOSIA. Luego Conesa
EUDOSIA: ¡Qué hombres!... ¡Hay que ver la alegrÃa que le ha dao a ese granuja cuando le he dicho que podÃa subir! ¿Y too pa qué? Pues por el puntillo de poder decir «una más»; porque si una no supiá defenderse de estos tÃos, la honra de una «adiós y que usté lo pase bien...» ¡Pero menudo chasco se lleva! Ahora, que la verdá, es lástima que este Conesa sea tan sinvergüenza pa las mujeres; porque como simpático .. ¡Amos!, que es un tÃo que yo le tengo una rabia tan rara, que hay dÃas que yo no sé si romperle las narices o si regalarle un tapabocas... (Llaman.) ¡Ya está ahà ese ladrón! (sale a abrir.) Pasa, bandolina.
CONESA: (Con sombrero ancho, una capa y la bandurria bajo el brazo. En la mano un paquete. Se asoma embozado.)¿No correrá peligro esta tonterÃa bÃpeda?
EUDOSIA: Pasa sin miedo. ¿No te ha visto entrar nadie?
CONESA: Ni un roedor, vulgo rata. ¿Estamos solos?
EUDOSIA: Solos, Conesa.
CONESA: Y dime, flor de un dÃa, ¿qué arranque ha sido este que has tenÃo de invitarme a que te convidase a cenar?
EUDOSIA: Ná, que los amos no vendrán hasta la una, y yo he dicho, pos de andar hablando por las esquinas, más vale que suba.
