La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Regresó al cobertizo con el rostro endurecido. Su mente trabajaba a toda velocidad, intentando decidir si confrontar a Katelios o esperar a que las piezas se movieran por sí solas. Pero el tiempo no estaba de su lado.
Cuando la madrugada comenzó a teñir el horizonte, Miguel sintió un cambio en el aire. No era el viento ni las olas. Era la certeza de que la traición había echado raíces, y que muy pronto alguien haría el primer movimiento.
El rugido del mar era casi ensordecedor cuando Miguel despertó. Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes que prometían tormenta, y la isla parecía aún más desolada bajo esa luz gris. El grupo trabajaba con rapidez, descargando más cajas del barco que había llegado durante la noche. Cada movimiento estaba teñido de urgencia, como si supieran que su tiempo se estaba acabando.
Katelios estaba en el centro de todo, dando órdenes con su voz grave y cortante. Miguel lo observaba desde la distancia, notando los murmullos entre los hombres. El descontento era evidente, pero nadie se atrevía a desafiarlos abiertamente. Aún no.
Al mediodía, Miguel decidió que ya no podía esperar más. Se acercó a Katelios mientras este revisaba un mapa en la mesa improvisada del cobertizo. —Necesitamos hablar.
