La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Cuando regresó al cobertizo, Katelios lo estaba esperando. —¿Algo que quieras compartir? —preguntó con voz frÃa. Miguel lo miró a los ojos, sopesando sus palabras. —Alguien se fue. No sé quién, pero ya no están aquÃ.
Katelios asintió lentamente, como si ya lo supiera. —Entonces, que Dios los ayude.
Las palabras eran más un susurro que una amenaza, pero Miguel entendió el mensaje. Nadie podÃa huir de esa isla sin consecuencias.
Al amanecer, las nubes finalmente desataron su furia, y la tormenta golpeó la isla con toda su fuerza. Miguel permaneció despierto, escuchando los gritos y los golpes del viento contra las paredes del cobertizo. SabÃa que el verdadero huracán aún estaba por venir, y que cuando llegara, no habrÃa refugio que los protegiera.
El rugido de la tormenta habÃa cesado, pero lo que dejó a su paso fue peor que el caos: un silencio denso, cargado de sospechas. El cobertizo estaba en ruinas, y los hombres se movÃan entre los escombros como sombras. Nadie hablaba. Nadie confiaba.
