La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El aire estaba cargado de tensión, como si la isla misma contuviera el aliento antes de estallar. Katelios se habÃa atrincherado en el cobertizo restante, rodeado por los pocos hombres que aún lo seguÃan. Miguel observaba desde la distancia, junto a Nikos y otros tres hombres que habÃan decidido rebelarse contra el dominio del rubio.
—Esto terminará en sangre —murmuró Nikos, aferrando con fuerza la culata de su rifle. —Siempre iba a terminar asà —respondió Miguel, con la mirada fija en el horizonte, donde el mar golpeaba las rocas con furia.
El plan era simple: rodear el cobertizo al anochecer y tomar el control de las provisiones y las armas. Sin embargo, Miguel sabÃa que Katelios no se rendirÃa sin luchar. HabÃa algo en la mirada de ese hombre que le decÃa que estaba dispuesto a quemar la isla antes de ceder.
Cuando cayó la noche, el grupo se puso en marcha. Se movieron como sombras, esquivando los haces de luz que salÃan del cobertizo. Miguel lideraba la marcha, su revólver listo en la mano. Su corazón latÃa con fuerza, pero su mente estaba clara. Esto no era un acto de valentÃa; era supervivencia.
