La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Mientras el sol se pone sobre la isla, el equipo comienza a moverse con precisión militar. Miguel se queda en la sombra, observando y esperando su momento. La misión, lo que sea que implique, ya ha comenzado, y él está atrapado en su red.
Esa noche, mientras el viento silba entre las colinas y el mar negro se agita como un animal herido, Miguel contempla las estrellas desde el cobertizo. Piensa en el hombre que era antes de poner un pie en esta isla y se pregunta si podrá volver a serlo alguna vez. Pero en el fondo sabe la respuesta. Y no le gusta lo que escucha.
El amanecer llegó con un viento frío que arrancaba silbidos entre los cabos del cobertizo. Miguel despertó con la sensación de que alguien lo observaba, y cuando sus ojos se adaptaron a la luz tenue, encontró a Beaumont, el telegrafista inglés, mirándolo desde la penumbra.
—Te mueves demasiado para alguien que duerme —comentó el inglés, encendiendo un cigarrillo. —Y tú hablas demasiado para alguien que no tiene nada útil que decir —respondió Miguel sin levantar la voz.
Beaumont sonrió y dio una larga calada antes de desaparecer entre las sombras. Miguel se incorporó y revisó su revólver. Algo en el ambiente le decía que ese día sería diferente, aunque no sabía si para bien o para mal.
