De sobremesa
De sobremesa Dos meses de vida en la ciudad monstruo, no visitada en mi última permanencia en Europa y de la cual guardaba la confusa impresión recibida, hace once años; dos meses que se han deslizado rápidos entre las innúmeras diligencias que requirió la venta de las minas, y la ansiedad con que esperé inútilmente respuesta a mis telegramas dirigidos a todos los grandes hoteles de Europa; y a las cartas en que solicité en vano de algunas agencias de informes datos acerca del paradero de Scilly y de su hija.
Su hija… me sonrío al pensar que he escrito esa palabra… No la llamo así cuando al nombrarla mentalmente, la evoco con toda la suave gracia de sus contornos apenas núbiles de largos lineamientos envueltos en la seda roja del corpiño, con su mortal palidez exangüe, enmarcada por el oro oscuro de la destrenzada cabellera y alumbrada por la luminosa sonrisa de las pupilas azules; la llamo Helena, como si la intimidad en que he vivido con su imagen, la hubiera acercado a mí, y la nombro con la ternura que vibraría en mi voz agitada si oprimiera en las mías, impolutas de todo contacto femenino desde la noche en que recogí el ramo de rosas blancas hasta el instante en que escribo estas líneas, sus largas manos alabastrinas que al hacer en el aire la mística señal de la cruz arrojaron las pálidas flores entre la sombra nocturna.
