De sobremesa
De sobremesa Fue Roberto Blundell, quien lo arregló todo. Es judío por la madre y con la perspectiva del negocio proyectado, habría hecho más por tenerme contento, si yo lo hubiera exigido. Íbamos juntos el día que la encontré por primera vez y me quedé maravillado con su belleza que le valió hasta hace dos años la protección de un miembro de la familia real. Parece que Blundell y ella son viejos amigos y me supongo que algo le llegará a su cartera de cuero de caimán y esquineras de oro, de la fuerte suma que le entregué previamente con la condición de que todo se haría de acuerdo con mis deseos.
Al penetrar en la alcoba la sangre me encendía las mejillas y me zumbaba en los oídos y vi a la sombra de las cortinas verdemar de azulosos cambiantes el oro del amplio catre y las blancuras de espuma y de nieve de donde emergía el busto, con el seno desnudo casi, mal oculto por la abierta camisa de batista, todo alumbrado por la luz de una lamparilla eléctrica que fingía milagrosa flor de luz sonrosada entre las hojas de bronce que la sostenían a la cabecera del lecho. Ven, me gritó sonriendo y mostrando entre los rosados labios el esmalte de la dentadura maravillosa; ven, y tendió los brazos, esparciendo en el ambiente el olor de una mata de rosas que sacude el aire tibio de la primavera.
