De sobremesa
De sobremesa ¡Ese amor puede ser su salvación!, fue la última frase del fisiólogo materialista… ¡Sálvalo Señor del infierno que lo reclama! ¡Benditos sean la señal de cruz hecha por la mano de la virgen y el ramo de rosas que caen en su noche como signo de salvación! ¡Está salvado, míralo bueno, míralo santo! Fueron las frases de la abuelita en el misterioso delirio que tomó forma en una realidad casi divina. El raciocinio de la ciencia, la intuición de la santidad, el grito del sentimiento, todas las voces de la vida se funden en un coro sublime para llamarle, ¡oh, misteriosa criatura de los rizosos cabellos castaños que son de oro donde la luz los toca; de las subyugadoras pupilas azules y de las pálidas mejillas tersas como las hojas de las camelias blancas y de las largas manos alabastrinas que al trazar entre la oscuridad el signo de la redención arrojaron el ramo de rosas que cayó entre la negrura del jardín, como tus miradas cayeron en las sombras de mi alma! ¡Oh, tú, inmaculada, tú, purísima, todo te llama, ven a salvar el alma manchada y débil que siente flotar sobre ella las alas negras de la locura y que te invoca hoy desde el borde del abismo!
