De sobremesa
De sobremesa He salido de mi tarea con unas cuantas percepciones nuevas de la belleza y guarda mi espíritu algo como el perfume y el alma del ideal que animaba a los nobles artistas que ilustraron la cofradía; como un suave olor rancio de incienso, producido por la ingenua piedad suavísima de los pintores precentistas, y como un deslumbramiento causado por el colorido de ciertas telas inmortales. En resumen, jamás me había sentido más ridículo en el interior; quise saber de Helena, y he sabido detalles de la vida del Beato Angélico de Fiesole, leído cartas de Rossetti y de Holman Hunt, canzones de Guido Cavalcanti y de Guido Guinicelli, versos de William Morris y de Swinburne, visto cuadros de Rossetti y de Sir Edward Burne Jones. En resumen, todo se complica dentro de mí, y toma visos literarios, una curiosidad se agrega a otra, los atractivos de la obra de arte me hacen olvidar los más graves intereses de la vida, y sin la llamada brutal a la realidad, dada por el doctor Rivington antier, habría pasado quién sabe cuánto tiempo sin buscarla, soñando en Ella, con la imaginación dando vueltas alrededor de su radiosa imagen, y los ojos persiguiendo en poemas y cuadros, frases y lineamientos que me hicieran recordarla.