De sobremesa
De sobremesa Desde el momento en que pisé esta ciudad me ha invadido un malestar indescriptible. No es una impresión moral, porque serenado mi espíritu por la idea de buscar a Helena y confortado por la esperanza de encontrarla, me siento mejor; no es una enfermedad porque ningún síntoma externo la traduce, ni lo acompaña dolor alguno, y mi cuerpo rebosa de vida. Tengo como una plétora de fuerza disponible que no encuentro cómo gastar. El día de antier lo pasé todo en violentos ejercicios físicos, equitación, ciclismo, box, florete, que en vez de fatigarme, le dieron a mis músculos una sensación de fuerza precisa, que por absurda que sea la imagen, se me ocurre comparar con la que tendría una máquina bien construida, si tomara conciencia de la solidez de sus engranajes de acero y de la potencia del motor que los hace funcionar. Estas hecho un Hércules, me decía antier el viejo Miranda, golpeándome el hombre, y brillándole los ojos de envidia, en los momentos que pasé en su escritorio.
