De sobremesa

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10 de abril

Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho, mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al saloncito.

—Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios, pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima —dijo levantándose al verme—. Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa de misticismo… desde que paseo mi persona por este pícaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto, se arrollidaría al ver el retrato colocado en este ambiente de capilla… Se pone usted malo… ¿Qué le pasa a usted? —añadió con cara de sorpresa—. ¿He cometido una indiscreción al entrar aquí?… Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no resistí la tentación de hacerlo; vamos a su escritorio.

Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí, con no sé qué frases locas, para que me explicara qué quería decir con lo que me había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o menos lo siguiente:


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