De sobremesa
De sobremesa —Cuanto le puedo contar es cuanto le he contado; diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt le escribe con frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y de historia religiosa —dijo, con su voz ruda y levantándose de la silla, en el salón del Círculo, el viejo General des Zardes—. Diríjase usted a Mortha… Ahora resulta usted preocupado también de esoterismo y de religiones. Creía que la vida de cuartel que ha llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es usted joven para ser General —agregó con irónica expresión, torciéndose el viejo mostacho canudo.
—Yo no soy General —le contesté, riéndome, al oír aquella salida.
—Pues es extraño… Todos los paisanos de usted que yo he conocido en el Círculo, son generales —gruñó, despidiéndose.
