De sobremesa
De sobremesa Al fin di con el hilo de la luz que busco, con la pista que sigo para encontrarte, ¡oh!, camino que me llevarás hacia ella, pensé sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de Lazard, Casseres y Compañía, las sumas que había mantenido en casa de Miranda hasta el año antepasado. ¡Bendita seas tú, Actriz de los Bufos, ídolo de mi amigo el instintivo reporter don Vicente, que con tu apetito de diamantes y el dominio que ejerces sobre él y el temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas manecitas, junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir en mi cerebro la idea de trasladar mis fondos a casa de los judíos!, pensaba subiendo la escalera monumental del escritorio de éstos. Un banquero judío sirve para todo… hasta para decirle a uno dónde está la visión con que sueña. ¡Oh, Israel!, murmuré dentro de mí mismo al empujar la puerta del escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él encantado de verme, me estrechó la mano con afectuoso ademán y me juró que su familia había estado consternada con mi enfermedad. Vivió el tipo cuatro años en Buenos Aires y habla español, un español aprendido en Francfort, que destroza los oídos.
—¿A qué depemos el fonor de per al señor Fernández en ésta su casa?… ¿Tiene compras que hacer u ortenes que tar?…