De sobremesa
De sobremesa —¡Cosas de John, que no distingue! Yo prefiero un diamantito así de grande, dijo mostrándome la punta de la uña rosada, blanca y brillante de uno de los dedos, pero que no tenga mácula, a una tapa de botellón con viso pajizo. Y, sonriéndose por primera vez: ¡usted es un maestro, y qué refinado!, how refined —añadió sin quitar los ojos de la perla negra que me abotonaba la pechera—. Pero, en fin: usted conviene conmigo en que estas joyas valen la mitad de lo que vale el collar; pues oiga usted mi propuesta: le daré a usted mi nombre, que ya va siendo una garantía, y esto —dijo, mostrando los estuches y un pagaré por la diferencia con el precio del collar—. Dentro de tres meses le enviaré de Chicago el valor total de éste, y usted me devolverá lo mío, junto con el pagaré cancelado, entregándolo todo en el Consulado de los Estados Unidos, donde formalizaremos la operación, mañana, a primera hora. ¿Acepta usted? —preguntó, sonriéndose con alegría.
—No acepto, señora —respondí con estudiada frialdad, deleitándome en ver cómo bajaba los ojos, que se le humedecieron, y cómo le caía sobre las mejillas la sombra de las largas pestañas crespas—. ¿Qué ganaría yo con ese negocio?
—Como usted me dijo esta mañana que podría procurarme el collar —contestó con un mohín de despecho.