De sobremesa
De sobremesa En el aislamiento en que he vivido estas semanas, todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrío del cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del manto, destacándose sobre el fondo sombrío. Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las bujías de un candelabro, encendidas para alumbrarme el camino. El nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes, que al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias, podridos los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores. El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.
