De sobremesa
De sobremesa Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la cama y en la media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza de Charvet inclinada sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos ojos la mirada aguda y penetrante de los suyos, y los tenía tan cerca de los míos, que le veía una a una las pestañas grisosas.
—¿Me conoce usted, Fernández?
—Sí, maestro —articulé con dificultad y con voz apagada.
—¡Está salvado! —oí que decía, y al volver a cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver dos cabezas de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen alguna que cruzara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el brillo de una cuchara de plata y el sabor de una droga que me quemaba la garganta; a veces un dolor que me cruzaba la cabeza de sien a sien, y por instantes la sensación de caer, como una piedra entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como magullado y herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las cucharadas.
