De sobremesa

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¡Después de haber creído por algún tiempo que el universo tenía por objeto producir de cuando en cuando, un poeta que lo cantara en impecables estrofas, y a los pocos meses de haber publicado un tomo de poesías «Los primeros versos», que me procuró ridículos triunfos de vanidad literaria y dos aventuras amorosas que infatuaron mis veinte años, la intimidad profunda que trabé con Serrano y su alta superioridad intelectual y su pasión por la filosofía, cambiaron el rumbo de mi vida. Fue un año inolvidable, aquél en que, desprendido de toda preocupación material, libre de toda idea de goce, de todo compromiso mundano, los días y las noches huyeron, divididos entre los largos paseos matinales por la avenida de pinos de la Universidad, la lectura de los filósofos de todas las edades, al mediodía, en la biblioteca silenciosa donde sólo se oía el voltear de las páginas, tornadas por las manos de los estudiantes, y las noches pasadas en el aposento silencioso del más noble de los amigos, disertando con él sobre los más apasionadores problemas que pueden solicitar al espíritu humano! ¡Tranquilidad de los nervios apaciguados por el régimen calmante y por el aislamiento, conversaciones en que los nombres de Platón, de Epicuro, de Empédocles, de Santo Tomás, de Spinoza, de Kant y de Fichte mezclados a los de los pensadores de hoy, Wündt, Spencer, Madsley, Renan, Taine, irradiaban como estrellas fijas sobre la majestad negra del cielo nocturno; vértigo de la inteligencia que, desprendida del cuerpo inquiere las leyes del ser; noble vida de pensador, en que la única figura de mujer que pasaba por mi imaginación como depurada de sensualidad por las altas especulaciones intelectuales, era la de la abuela, con sus largas guedejas de plata cayéndole sobre las sienes y su perfil semejante al de la Santa Ana del Vinci, cuán lejos estáis del vértigo y del frenesí gozador de mi vida de hoy! La muerte repentina de Serrano, la llegada de mi mayor edad, la necesidad de administrar una fortuna cuantiosa y situada en valores fácilmente aumentables dieron fin a aquel período casi monástico de vida. Devuelto al torbellino del mundo, dueño de un caudal enorme para la vida de mi tierra natal, bulléndome en las venas los instintos, animado por la rabia de acción de los Andrade; suelto, libre, sin padre, sin madre ni hermanos, recibido y cortejado dondequiera, lleno de aspiraciones encontradas y violentas, poseído de una pasión loca por el lujo en todas sus formas, fui el Alcibíades ridículo de aquella sociedad que me abrió paso como a un conquistador. ¡Años de locura y de acción en que comenzaron a elaborarse dentro de mí los planes que hoy me dominan, en que la comprimida sensualidad reventó como brote vigoroso bajo el sol de primavera, en que las pasiones intelectuales comenzaron a crecer y con ellas la curiosidad infinita del mal; soplo de la suerte que me hizo conservar la fortuna heredada sin que el fabuloso derroche alcanzara a disminuirla, ambiciones que haciéndome encontrar estrecho el campo y vulgares las aventuras femeninas y mezquinos los negocios, me forzasteis a dejar la Tierra, donde era quizás el momento de visar a la altura, y venir a convertirme en el rastaquouère ridículo, en el snob grotesco que en algunos momentos me siento! ¡Vanidad que te solazas al leer el suelto en que el Gil Blas anuncia que el Richissime Américain don Joseph Fernández y Andrade compró tal cuadrito de Raffaeli, y te hinchas como un pavo real que abre la verdeléctrica cola constelada de ojos, cuando al rodar la victoria de la Orloff, al paso rítmico de la pareja de moros por la Avenida de las Acacias, entre la bruma vaga que envuelve el Bosque a las seis de la tarde, algún gomoso zute, murmura fascinado por la elegancia de los caballos o la excentricidad del vestido de la impure y le dice al compañero: Tiens, regarde, ma vieille! Epatante, la maîtresse du poète! Debes estar satisfecha, Vanidad.


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