De sobremesa
De sobremesa Establecer una dictadura conservadora como la de GarcÃa Moreno en el Ecuador o la de Cabrera en Guatemala y pensar que bajo ese régimen sombrÃo con oscuridades de mazmorra y negruras de inquisición, se verifique el milagro de la transformación con que sueño, parece absurdo a primera vista. No lo es si se medita. Está cansado el paÃs de peroratas demagógicas y falsas libertades escritas en la carta constitucional y violadas todos los dÃas en la práctica y ansÃa una fórmula polÃtica más clara, prefiere ya el grito de un dictador de quien sabe que procederá de acuerdo con sus amenazas, a las platónicas promesas de respeto por la ley burladas al dÃa siguiente. El éxito de la enorme empresa depende de la habilidad con que, al normalizarse la situación, después del triunfo, se inicien las modificaciones que lentamente cambiarán la situación del partido vencido y le permitirán volver a la escena polÃtica aleccionado por la ruda lección de la derrota y por los primeros años de régimen estrecho en que sus conductores comprendan lo inútil de la lucha a mano armada. Soñarán entonces en transacciones que les permitan escalar puestos secundarios o vociferarán contra los abusos cometidos, pero sus discursos no encontrarán eco porque el pueblo sentirá ya las ventajas del nuevo régimen. El desarrollo industrial absorberá parte de las fuerzas que antes producÃan hondas perturbaciones al agitarse en la polÃtica y las concesiones, paulatinamente otorgadas, irán atrayéndole al gobierno la opinión de la juventud, desengañada de los viejos ideales y el apoyo de los capitalistas de todos los bandos, que desean seguridad y bienestar. A cada progreso realizado en el orden material, a cada derecho respetado, corresponderán las filas opuestas con un movimiento que las acerque y permitan nuevas concesiones y a la larga, serenados los ánimos y desaparecidos de la escena los antiguos caudillos llenos de ideas exageradas, cuya presencia en ella, impedÃa devolver la elasticidad necesaria al juego del organismo social, una oposición moderada, apenas viable, porque no tendrá abusos que denunciar ni reclamos que alzar a lo alto como banderas de guerra, establecerá un equilibrio casi perfecto entre las exigencias de los más avanzados y la prudencia previsiva de los más retrógrados.