De sobremesa
De sobremesa Veo mentalmente la transformación del país en los personajes que me acompañarán en cada época y en cada escena de la tarea, desde la entrada a la capital, a sangre y fuego, entre el estallido de las bombas y las descargas de la fusilería del ejército vencedor, mandado por lo más selecto de la aristocracia conservadora, mis primos los Monteverde, atléticos, brutales y fascinadores, improvisados generales en los campos de batalla, debido a sus audacias de salvajes; los viejos jefes encanecidos en el servicio, el general Castro y los dos Valderrama, por ejemplo, hasta el día en que estos vejetes venerables y estorbosos para mi plan duerman tranquilos en la tumba junto con los jefes civiles del partido vencido, que sesentones y tiritando de miedo presenciaron el triunfo cruento el día en que se implantó la dictadura. Los que eran en ese entonces mozuelos insulsos, convertidos los unos en ventrudos ministros de Estado y los otros en flacos periodistas de la oposición, se darán cuenta, en esa época distante a donde llega mi imaginación, de que los problemas que a sus padres les parecieron insolubles, se resolvieron casi de por sí al fundar un gobierno estable y darles ocupación a los vagos, al cultivar la tierra y al tender rieles que facilitarán el desarrollo del país.