De sobremesa

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5 de agosto, por la noche

Nini Rousset, la divetta de un teatro bufo del boulevard, Nini Rousset, la que vestida con una guirnalda de hojas de parra enloqueció una sala de prostitutas y de vividores, exhibiendo desnudas las curvas de estatua y las frescuras túrgidas de su cuerpo de Venus, en una revista del año pasado, Nini Rousset a quien mandé ramos de gardenias y un par de diamantes sin lograr más que una mueca de burla y una frase grosera el día en que quise hacerla mía, Nini Rousset por quien habría dado un mes de vida antes de tropezar con la Orloff, acaba de salir de mi cuarto, dejándome en él su olor de Chypre y en los nervios la vibración de una violenta sacudida de placer. Llegó hace una hora, con seis baúles llenos de sombreros y de vestidos y tres perros falderos y al encontrar mi nombre en el registro del hotel, después de instalada en su cuarto, se vino al mío y entrándose en puntas de pies se me acercó por detrás y me cerró con las manecitas blandas y suaves los ojos que leían en ese momento una página de la ética de Spinoza… ¡Adivina quién es, adivina quién es, rastaquouère poeta, especie de animal, adivina quién es, gritaba besándome y mordiéndome la nuca con la boca olorosa a menta! Como un sátiro borracho de sexo, la levanté del suelo con los brazos al desprenderme de su abrazo lascivo, y la provocación comenzada con su chanza infantil, acabó, unos minutos después, en un doble maullido salvaje de voluptuosidad, sobre el diván de la alcoba.


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