De sobremesa
De sobremesa ¿Por dónde empiezo? No sé. Es tan delicado, tan dulce, tan extraño, tan aterrador lo que siento, que temo al querer decir la impresión con palabras, destrozar su frescura, como se destrozaría el esmalte de luz de una mariposa de Muzo, al quererla fijar con un clavo de hierro. Fue ayer tarde en un comedorcito reservado que tiene vista sobre el jardín del hotel, y por cuyos balcones abiertos venía con la brisa del lago, el olor moribundo de las madreselvas que lo enmarcan. Comía solo, deseoso de evitar las promiscuidades y el ruido de la mesa común, y leía las Soledades, de Sully Prudhomme, a la luz de las bujías del candelabro. Un criado, entreabrió la puerta, encendió las de otro, puesto en la mesita vecina, colocó sobre ella un menú del día y volviendo a la puerta entreabierta, doblado en dos pronunció un pus pouvez entre Mosié, pus pouvez entré, Mademuasell, con su más puro acento alemán. Entraron ella adelante, él atrás, correspondieron la venia que les hice levantándome y desembarazada ella del abrigo de viaje y del sombrero que le daba cierto parecido, por su forma extraña, con el retrato de una princesita hecho por Van Dyck, que está en el Museo de La Haya, se sentaron a comer.
