Meditaciones

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En fin, conviene quizá añadir aquí como nota irónica o pintoresca, el nombre de un escritor español que contribuyó, más que ninguno en el s. XVI, a popularizar el nombre de Marco Aurelio no sólo en España, sino en toda Europa. Me refiero a Fray Antonio de Guevara, cuyo Libro áureo de Marco Aurelio apareció impreso por primera vez en Sevilla en 1528. Este texto, recogido y ampliado en el Relox de príncipes (Valladolid, 1529), gozó de un sorprendente éxito de público, tanto en España (unas 30 ediciones hubo entre uno y otro título en los siglos XVI y XVII) como en Europa, donde se multiplicaron sus ediciones en latín, en francés, en italiano, en inglés, en alemán, en danés y en holandés. Todavía se tradujo al armenio en el s. XVIII. Esta obra, que según Menéndez y Pelayo fue tan leída como el Amadís de Gaula y la Celestina, alcanzando un total de 58 ediciones en Europa entre el XVI y el XVII en tan varias lenguas, difundió una curiosa imagen del Emperador filósofo desde treinta años antes de la aparición de la editio princeps de Marco Aurelio. Esta «extravagante novela» —que algún docto contemporáneo denunció pronto como superchería histórica— surgió de la facundia y la imaginación de este falaz humanista hispánico, a partir de unos mínimos textos antiguos, con una fabulosa desfachatez. Así que, cuando Jacinto Díaz de Miranda, en el prólogo a su traducción en 1785, criticaba que, frente a las ediciones múltiples en otros países europeos, «España es la única que ha escaseado a este Emperador un obsequio tan corto y trivial (como el de traducirlo y publicarlo)», añadía en nota: «Antes, para colmo de desatención, el obispo de Mondoñedo, Guevara, le prohijó atrevidamente en su Relox de príncipes desconcertado, contribuyendo la celebridad de Marco Aurelio a que corriese con el aplauso que por sí no merecía, y se imprimiese en los más de los países, traduciéndolo en latín, francés, italiano y alemán».


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